Rolando se sentó en la silla del estrado con paso firme, pero el peso de sus actos parecía notarse en cada movimiento. Sus manos temblaban levemente mientras colocaba la palma derecha sobre la Biblia y juraba decir la verdad. Respiró profundamente, como si ese aire fuera lo último puro que iba a tener en mucho tiempo. La sala entera estaba en silencio absoluto, todos los ojos puestos sobre él.
—Soy culpable —dijo con voz firme, mirando directamente a Demian—. No vengo a justificarme, solo a con