La noche avanzaba serena, envuelta en el murmullo suave de las conversaciones y el tintinear de las copas. El jardín trasero de la mansión Thompson estaba iluminado por luces cálidas que colgaban como estrellas entre los árboles. Todo era perfecto aquella noche…
Mariam y Azucena estaban sentadas cerca de la fuente, riendo entre susurros como dos adolescentes. Azucena, siempre observadora, se inclinó un poco hacia ella.
—Demian no ha dejado de mirarte en toda la noche —susurró con tono cómplice.