Esa tarde, Mariam salió de la mansión sin mirar atrás.
Azucena la esperaba en la entrada con una sonrisa traviesa y una tarjeta de crédito que Mariam sostenía con manos temblorosas. Su amiga la tomó del brazo, decidida.
—Hoy vas a vestirte como la mujer que eres. Una que nadie, ni siquiera ese hombre, va a volver a subestimar.
Pasaron horas recorriendo boutiques exclusivas, entre telas finas, perfumes embriagantes y tacones de vértigo. Mariam no renegó. Se dejó llevar, confiando en la mirada ex