Mariam subió las escaleras temblando, con el corazón roto y los ojos nublados. El alma, esa parte de ella que siempre había resistido, ahora se sentía trizada. Eligió encerrarse en la habitación.
La preocupación no se desvanecía con nada.
Se dejó caer sobre el colchón sin fuerzas. Se acurrucó como una niña perdida y dejó que las lágrimas hicieran lo que su voz no había podido: gritar.
Amar a alguien roto también te rompe.
Eso era lo que finalmente entendía.
Lloró por todo. Por la traición