Demian salió de su oficina como un huracán disfrazado de hielo.
Sus pasos firmes resonaban en el mármol mientras la rabia, el desconcierto y una punzada extraña —que no quería nombrar— le recorrían el cuerpo.
La vio junto al ventanal, con unos documentos en las manos, conversando con Sofía y otro ejecutivo. Reía.
Reía como si no cargara una cicatriz nueva en el alma. Como si él no la hubiese aplastado con sus palabras.
Y se veía… perfecta.
El conjunto abrazaba sus curvas; su cabello caía sobre