Mariam caminaba por los pasillos del hospital con paso firme, elegante como siempre. Su impecable vestimenta y las gafas negras que ocultaban sus ojos no solo protegían su mirada cansada, sino también su alma herida. Había dormido poco, pero nada le impediría visitar a su abuelo ese día.
Al llegar a la habitación, sonrió al verlo desayunando con calma. A pesar de su edad y el reciente susto, se veía fuerte… como siempre.
—Mariam... viniste. —dijo el anciano con voz cálida, esbozando una sonrisa