Mariam caminaba con paso firme por los pasillos del edificio Thompson, ocultando su rostro tras unas gafas oscuras. Su vestimenta impecable, como siempre: elegante, sobria, perfecta… como si nada pudiera tocarla. Pero por dentro, su corazón latía con fuerza contenida.
A su alrededor, los susurros no se detenían.
—Pobre Claudia...
—Qué horror... casada con un hombre así...
—¿Viste los moretones? ¡Y su esposo libre después de pagar una simple multa!
—Dicen que no quiso denunciar… por miedo...
Las