Demian llegó al edificio con el corazón acelerado. Las luces de las patrullas parpadeaban en la entrada principal, iluminando la calle con destellos rojos y azules. Una multitud de periodistas y curiosos se agolpaba detrás de las cintas de seguridad, empujando y murmurando con insistencia. El caos reinaba.
Sus ojos se endurecieron al ver a Rolando esposado, arrastrado sin piedad por dos agentes uniformados. Su rostro estaba desfigurado por la rabia, la camisa desgarrada y manchada de sangre en