La luz de la madrugada apenas comenzaba a teñir de gris los bordes del cielo cuando Demian irrumpió en la habitación.
—Mariam… despierta. —Su voz era urgente, baja, pero cargada de una tensión imposible de ignorar.
Ella abrió los ojos lentamente, confundida. El cuarto estaba en penumbras, el reloj apenas marcaba las dos de la madrugada.
—¿Qué pasa? —murmuró, incorporándose de la cama—. ¿Qué haces? ¿Por qué estás tan agitado?
—Empaca tus cosas —dijo él sin rodeos—. Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Qu