La tarde comenzaba a caer. La luz del sol se filtraba tímidamente por las cortinas blancas de la habitación. Kitty estaba de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su rabia era tan evidente como el maquillaje impecable que adornaba su rostro. Ver a su prima vestida con ropa costosa, esos zapatos de diseñador que seguramente no podía pagar ni en sus sueños de pobre, la hacía hervir por dentro.
—Ella no merece lo que tiene —escupió con desprecio—. Es solo una muerta de hambre que juega