Las puertas del hospital se abrieron con un chirrido, y Claudia entró como si el lugar le perteneciera. Su andar era arrogante, la cabeza en alto y su sonrisa, venenosa. Como si supiera algo que los demás no.
Pero apenas puso un pie en la sala de espera, el ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse.
—¡¿Qué haces aquí, maldita zorra?! —gritó Sofía, poniéndose de pie de inmediato, con los ojos encendidos por la furia—. ¡Tienes novio! ¡Eres una desvergonzada!
La voz de Sofía retumbó co