Por unos segundos Sofia, no supo si seguía viva. El olor a gasolina y humo llenó sus pulmones. Tosió, aturdida, con un hilo de sangre bajando desde su frente.
Sus ojos buscaron a tientas la manija de la puerta. Su cuerpo temblaba. El dolor era intenso. El hombro derecho estaba completamente amoratado, y tenía una herida abierta en la ceja. Pero no pensaba quedarse allí.
—No… no voy a rendirme… —murmuró, con la voz ronca.
Empujó la puerta con esfuerzo, pero estaba trabada. Entonces se inclinó ha