—Está bien, hija —respondió, aunque no del todo convencida—. Pero en ese caso, ya sabes lo que tienes que hacer. Mantén la puerta abierta.
—Lo sé.
—Muy bien, mi amor —dijo con una sonrisa—. Ve a descansar.
—Buenas noches —me despedí, poniéndome de pie para caminar hacia mi habitación.
En cuanto entré en mi cuarto, me aseguré de dejar la puerta abierta tras de mí. Caminé hasta la cama y me dejé caer sobre ella, agradecida de estar, por fin, allí. Llevé ambas manos a mi rostro, soltando un fuerte