Joaquín
—Banco Central, buenos días. ¿En qué puedo ayudarle? —dijo la persona que atendió la llamada, con un tono educado.
—Buenos días, —dije con voz fría, sin un atisbo de la suavidad que usé hace un momento con Camila—. Habla Joaquín Salinas.
Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea, seguido por un ligero carraspeo. De seguro el agente estaba enderezándose en su silla, con los ojos bien abiertos.
—Señor Salinas, qué gusto escucharle, —respondió, el tono de su voz cambiando a uno