Felipe
Estaba parado en el altar de la iglesia, con el corazón desbocado y las manos húmedas de tanto limpiarme la frente.
Los bancos llenos de rostros conocidos, todos mirándome con expectación, emoción... y un poquito de incredulidad.
No los culpaba. Hasta yo dudaba a ratos de mi propia sanidad mental.
Joaquín, como buen hermano del alma y cómplice en esta locura, estaba a mi lado con Anita en brazos.
La pequeña estaba fascinada con todo a su alrededor. Extendía sus manitas regordetas quer