Joaquín
Entré a la oficina del CEO, o sea, a mi propia oficina, aunque nadie más lo sabía, y encontré a Felipe sentado en una de las sillas frente al escritorio, tamborileando los dedos contra el apoyabrazos.
Todo parecía normal, excepto por la expresión seria de Felipe.
Levantó la mirada hacia mí, con el ceño fruncido y esa expresión calculadora que usaba cuando estaba molesto o intentando sacar algo de mí.
—Llegas justo a tiempo, —dijo, recostándose en la silla. —Cierra la puerta y siéntate