Joaquín
No podía dejar de admirar a mi hermosa e increíble esposa... madre de mi pequeño saltamontes.
Estaba acostada, una de sus manos acariciando su vientre. Aún no se dejaba ver... era apenas un frijol.
Pero la sola idea de que un hijo nuestro crecía dentro de ella me llenaba de un gozo inexplicable.
Iba a ser padre.
Padre.
Una sonrisa se extendió en mi rostro imaginando cómo sería ese pequeño ser que llegaría a nuestras vidas.
—¿Viejito? —su voz me sacó de mis pensamientos—. ¿Sabes cuá