Felipe
Romina entró a mi oficina, sosteniendo una carpeta y un vaso de café.
—Traje los documentos que solicitaste —dijo, dejando la carpeta sobre el escritorio.
—Y el café, claro, porque sé que te encanta, —agregó, ofreciéndomelo con una sonrisa que me hizo sospechar un poquito de su amabilidad.
—Eres un ángel —dije, bebiéndolo despacio mientras lo saboreaba, estaba perfecto caliente y oscuro como me encantaba.
El primer trago me supo a gloria, como siempre.
Pero unos sorbos después... una ol