Camila
Romina no paraba de caminar de un lado a otro de la habitación. Así como no podía dejar de mover sus manos, agitándolas mientras hablaba.
—¡Te juro, Cami, que solo quería probarlo! —decía con desesperación—. Solo un par de gotitas para ver si Felipe aguantaba el calorcito o si se iba directo a buscar a otra mujer. Pero... ¡creo que me pasé!
Yo estaba sentada en la cama, sosteniéndome el abdomen.
No podía más.
Las lágrimas de risa caían por mi rostro, y cada vez que intentaba decir algo