De repente, voces infantiles de entre en denso bosque los sacaron de su ensueño.
-¡Ey! —gritó un niño, mirándolos con los ojos muy abiertos—. ¿Qué hacen aquí?
Ambos abrieron los ojos, sobresaltados. Frente a ellos había dos niños, uno de unos catorce años y una niña de diez. Diógenes que estaba sentado en la arena, se levantó primero.
—Eso mismo les pregunto.
Los miran de arriba abajo y tienen pinta de turistas.
—Se supone que esta zona es nido de tortugas, está prohibido ¿Cómo llegaron aquí? —preguntó el niño, con la curiosidad brillándole en los ojos oscuros.
—Hijo… ¿nativos? —preguntó la niña, inclinando la cabeza.
—Naufragamos… veníamos en un yate… —respondió Diógenes, con voz ronca.
—No… no nativos somos nativos, estamos aquí hace semanas—respondió Ámbar, incorporándose y limpiando la arena de su cuerpo.
—Entonces llegaron en un barco privado y se quedaron aquí? —insistió el niño.
—Si...pensamos que era una isla desierta.
Diógenes suspir, sin saber cmo explicar todo. El niño frun