Se acostaron en la cama improvisada, abrazados bajo la tenue luz anaranjada del fuego. Ella se acomodó con su rostro contra sus brazos. Luego de ambos comen bastantes moras.
—Te ves incómoda, ven aquí—le extiende los brazos para abrazarla y que ella acomode su cabeza en su antebrazo.
—No digas tonterías, estás herido. Pareces pescado fileteado.
—Soy más fuerte de lo que piensas. Y aquí no estoy herido.
—Tengo miedo… —susurró ella, con voz temblorosa.
Él deslizó sus dedos por su brazo, calmándola. La broma pasó un segundo plano.
—Te prometo que saldremos de aquí.
—Por qué… siempre… prometes cosas que no sabes si puedes cumplir…? —preguntó, con un hilo de voz.
Él guardó silencio unos segundos.
—Porque si no te lo prometo… me vuelvo loco. Está isla no tiene muchos suministros de comida que digamos y eso me preocupa.
Ella cerró los ojos. Las moras le daban un leve mareo y calor en el pecho.
—Ámbar… —dijo él, de pronto, con voz baja.
—¿Qué?
—Me alegro de que hayamos sobrevivido.
Ella abrió