Se acostaron en la cama improvisada, abrazados bajo la tenue luz anaranjada del fuego. Ella se acomodó con su rostro contra sus brazos. Luego de ambos comen bastantes moras.
—Te ves incómoda, ven aquí—le extiende los brazos para abrazarla y que ella acomode su cabeza en su antebrazo.
—No digas tonterías, estás herido. Pareces pescado fileteado.
—Soy más fuerte de lo que piensas. Y aquí no estoy herido.
—Tengo miedo… —susurró ella, con voz temblorosa.
Él deslizó sus dedos por su brazo, calmándol