El comedor estaba iluminado con luces cálidas que caían como un manto dorado sobre la mesa repleta de comida casera.
Francisca había insistido en servir platos tradicionales de la familia, desde la pasta fresca que preparaba con sus propias manos hasta el vino tinto que Petro guardaba para ocasiones especiales.
Ámbar, sentada al lado de Matteo, apenas había tocado su plato. Su mirada iba y venía entre los rostros sonrientes, los brindis de los hermanos y los gestos amables de sus futuros sueños