La casa de Leonardo estaba en silencio cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas de las ventanas. No habíamos dormido. La cinta de audio descansaba sobre la mesa como una bomba a punto de estallar, y ninguno de los dos se atrevía a tocarla.
—¿Estamos listos para escucharla? —pregunté.
—No —respondió Andrés—. Pero si esperamos más, el miedo nos ganará.
Tomó la cinta y la colocó en la vieja grabadora que Leonardo había encontrado en un cajón. El mecanismo crujió al encenderse, y por