La noche en la cabaña se alargó más de lo que ningún reloj podía medir. El viento soplaba con fuerza contra las paredes de madera podrida, y cada ráfaga parecía un aviso de que el peligro no había terminado. Andrés estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y la mano derecha sobre el pecho, donde guardaba la cinta. No había dormido. No había cerrado los ojos ni un segundo.
—¿Crees que Leonardo vendrá? —pregunté.
—Sí. Pero no sé cuándo.
—¿Y si no viene?
—Entonces tendremo