La carretera se extendía frente a nosotros como una cinta negra. El coche de Leonardo avanzaba en silencio, con las luces apagadas y el motor rugiendo en la oscuridad. La noche estaba despejada, y las estrellas brillaban con una intensidad que parecía burlarse de nuestra urgencia.
—¿Cuánto falta? —pregunté, mirando el mapa que Andrés tenía sobre las rodillas.
—Una hora, quizás menos si no hay controles.
—¿Y si hay controles?
—Entonces tendremos que improvisar.
El viaje había sido planeado en me