El amanecer llegó con un silencio tenso. No era el silencio de la calma, sino el de una cuerda a punto de romperse.
Leonardo llamó a las cinco de la mañana. La audiencia se había adelantado. No en tres semanas, ni en dos. Mañana. La jueza había decidido no darle más margen a Ricardo para mover sus contactos.
—¿Cómo que mañana? —pregunté, con la voz aún ronca.
—El fiscal presionó. Y la jueza lo aceptó —respondió Leonardo, con el rostro serio—. Tenemos menos de veinticuatro horas.
Andrés apareció