El día del juicio amaneció gris y frío. Las nubes cubrían el cielo como un techo de plomo, y el viento soplaba con una intensidad que parecía advertirnos de lo que estaba por venir.
Andrés no había dormido. Estaba en la cocina, con el café y la mirada fija en el vacío. Llevaba el traje oscuro que usaría en la audiencia, pero su corbata aún colgaba suelta sobre su cuello.
—¿Listo? —pregunté, sentándome frente a él.
—No —respondió, sin mirarme—. Pero no tengo otra opción.
—Tampoco yo. Pero juntos