La mansión amaneció envuelta en un silencio tenso. Los documentos habían desaparecido. Las cámaras no habían captado nada. Y doña Carmen, la ama de llaves, seguía en su puesto como si nada hubiera pasado.
Andrés no había dormido. Lo encontré en la cocina, con una taza de café frío entre las manos y la mirada fija en la ventana.
—Leonardo está revisando los registros —dijo sin mirarme—. Pero no tiene esperanzas de encontrar algo.
—¿Y doña Carmen?
—No la ha confrontado todavía. Dice que esperar e