Doña Carmen nos guió por un pasillo oscuro. La casa olía a humedad y a madera vieja. En las paredes colgaban cuadros antiguos, retratos de personas que ya no estaban. En el suelo, las baldosas crujían bajo nuestros pies.
—La muchacha vivió aquí un par de años antes de irse —dijo doña Carmen, sin mirarnos—. Dejó unas cuantas cosas. No las toqué desde entonces.
—¿Por qué no las tiró? —pregunté.
La mujer se detuvo. Se giró hacia mí. Tenía los ojos claros, casi transparentes, como si hubieran visto