El amanecer me encontró despierta, con la mochila lista y el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. No había dormido. No había podido. Cada vez que cerraba los ojos, veía la carta de Daniela, veía el sobre anónimo, veía la mirada de Andrés en la biblioteca.
Bajé las escaleras en silencio. La mansión estaba en calma. Los empleados aún no se habían levantado. En la cocina, solo una luz tenue iluminaba la encimera.
Andrés estaba allí. Apoyado contra la nevera, con una taza de ca