Nicolás Lancaster hojeaba los expedientes con el mismo entusiasmo con el que se observa la lluvia caer tras los cristales. Apilados en su escritorio, los perfiles de las candidatas parecían todos iguales: hojas sin alma, nombres que no decían nada, logros que no provocaban ni el mínimo interés. Solo unas pocas destacaban por su experiencia… y aun así, no sentía el menor deseo de involucrarse.
La verdad era sencilla: su mente no estaba allí.
Tenía demasiados asuntos pendientes, y su prioridad ab