Marcel miraba la pantalla con atención desde su lujosa oficina, el humo de su cigarro llenaba la estancia con un aroma intenso y asfixiante. En sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, cruel. Había filtrado la información con un único propósito: destruir a Nicolás Lancaster. Ese imbécil se había metido en su camino una vez, y ahora pagaría el precio.
Minutos después, los secretos de los Lancaster comenzaban a regarse como pólvora en una pradera seca. Los documentos estaban por todas partes: