Los días pasaron lentamente, pero no en calma. Aquel lunes por la mañana, Hellen regresó a la ciudad. El vuelo privado había aterrizado sin contratiempos, y apenas bajó del avión, una ola de reporteros los rodeó. Flashes, micrófonos, y gritos buscando declaraciones llenaron el ambiente con una energía tensa.
Su esposo, siempre con ese porte imponente, se colocó frente a ella y habló con la prensa sin perder la compostura.
—Lo que está ocurriendo no es más que un intento desesperado de sabotaje