La tregua duró menos de diez minutos.
Aunque Robert y María se habían sentado en el sofá de cuero beige, la tensión irradiaba de ellos como el calor del asfalto en pleno verano. Murmuraban entre ellos, lanzándome miradas envenenadas mientras yo ajustaba la almohada de Adeline con cuidado.
María no pudo contenerse más. Se puso de pie de un salto, incapaz de soportar verme tocar a su hija con tanta familiaridad, con tanta posesión.
—No creas que porque ella está confundida por los medicamen