El grito de Adeline dejó un eco vibrante en la habitación.
Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el sonido frenético de los monitores médicos, que pitaban a un ritmo alarmante, indicando que su frecuencia cardíaca se había disparado por el estrés. Adeline jadeaba, con una mano apretada contra su pecho, pálida como el papel, pero con una mirada de fuego que nos paralizó a todos.
Antes de que alguien pudiera decir una palabra más, la puerta se abrió de nuevo.
El Doctor Castelli entró a