La puerta de la habitación se cerró con un clic suave, sellando la salida de Robert y María. Habían accedido, a regañadientes, a ir al hotel cercano para ducharse y cambiarse de ropa, bajo la promesa de que volverían en un par de horas.
En el instante en que sus pasos se alejaron por el pasillo, la atmósfera en la habitación cambió drásticamente.
Fue como si el aire, que había estado cargado de electricidad estática y gritos contenidos, de repente se volviera respirable de nuevo. El silenci