La habitación del hospital estaba sumida en una penumbra silenciosa, solo rota por el rítmico pitido del monitor cardíaco. Adeline dormía profundamente, agotada por el dolor y los sedantes, con el pecho subiendo y bajando en una paz que contrastaba violentamente con la tormenta que se desataba dentro de mí.
Sentado en el sillón junto a su cama, con la corbata deshecha y los ojos inyectados en sangre por el insomnio, sostenía mi teléfono. El brillo de la pantalla iluminaba mi rostro tenso.
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