La biblioteca de la mansión Carson, normalmente un refugio de calidez con sus estanterías de caoba y el suave crepitar de la chimenea, se había transformado en un centro de operaciones cargado de una tensión asfixiante.
El aire estaba viciado por el miedo. No había música, ni risas, solo el sonido constante de teclas siendo marcadas y voces elevadas exigiendo respuestas que no llegaban.
Robert Carson, el padre de Adeline, colgó el teléfono fijo del escritorio con tal fuerza que el aparato c