El olor a café recién hecho fue lo primero que me despertó. Un aroma rico, tostado y hogareño que se colaba por debajo de la puerta de la habitación y acariciaba mis sentidos, sacándome suavemente del sueño.
Estiré el brazo sobre la cama, encontrando de nuevo el lado de Damián vacío, pero esta vez no sentí pánico. La luz de la mañana inundaba la habitación con un tono dorado y cálido, muy diferente a la luz fantasmal de la luna de anoche. Me sentía dolorida en el buen sentido, mis músculos reco