La oscuridad era absoluta, asfixiante y olía a moho.
Jasper no sabía cuánto tiempo llevaba en el asiento trasero de aquel auto negro. Sus sentidos estaban atrofiados por la bolsa de tela gruesa que le cubría la cabeza, apretándole la nariz y la boca, obligándolo a respirar su propio dióxido de carbono mezclado con el pánico.
Sus manos, atadas firmemente a su espalda con bridas de plástico que le cortaban la circulación de las muñecas, estaban entumecidas. Sentía el movimiento del vehículo, el r