El despertar no fue brusco, sino una lenta transición desde la oscuridad del sueño profundo hacia lo oscuro que era la realidad.
Mi cuerpo se sentía pesado, deliciosamente agotado, como si mis huesos se hubieran convertido en líquido. Cada músculo conservaba el eco fantasma del placer, un recordatorio palpitante de las horas que habíamos pasado enredados en esas sábanas. Suspiré, estirando las piernas bajo la suavidad del algodón, buscando instintivamente la fuente de calor que me había arrulla