El trayecto hacia el destino secreto de Damián fue una tortura silenciosa y exquisita.
El coche blindado nos esperaba en la acera como una bestia negra dormida. El chófer nos abrió la puerta trasera sin decir una palabra, con esa eficiencia invisible que caracteriza a los empleados de Damián. Entré primero, deslizándome sobre el cuero frío y suave de los asientos, y Damián entró justo detrás, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco y su aroma inconfundible: una mezcla embriagadora de sándalo