Damián no se detuvo al llegar a la puerta doble. Con un movimiento brusco de su pierna, la pateó, abriéndola de par en par.
La habitación principal se reveló ante nosotros, un santuario de descanso que contrastaba violentamente con la tormenta que traíamos dentro. El espacio estaba dominado por una cama inmensa, tamaño king size, vestida con sábanas de un blanco inmaculado que brillaban bajo la luz natural que entraba por los ventanales. Parecía un altar, un lienzo virgen esperando ser marcado