Una punzada aguda en el centro del pecho fue lo primero que sentí, como un aviso cruel de que la realidad volvía a asentarse sobre mí. Esa misma punzada fue la que me arrastró fuera de la oscuridad, despertándome poco a poco.
Sentí cómo mi cuerpo estaba sumido en una pesadez abrumadora, una especie de letargo de plomo que hacía que mover un solo dedo pareciera una tarea titánica. Me dolía todo. Las extremidades, el cuello, incluso las pestañas me pesaban.
Poco a poco, forcé mis ojos a abrirse.