Damián respiró hondo, llenando sus pulmones de aire frío para intentar sofocar el incendio que llevaba dentro. Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, le hizo una seña al jefe de seguridad. El mensaje fue claro: Déjanos solos.
El hombre, entrenado para ser invisible, hizo una reverencia rápida y salió del apartamento sin decir una palabra, cerrando la puerta blindada con un clic suave que resonó como una sentencia en la habitación silenciosa.
Me quedé sentada en el sofá, hecha un ovi