La última nota del piano se desvaneció en el aire, seguida de un aplauso cortés y moderado por parte de los comensales. La burbuja mágica en la que Damián y yo habíamos estado flotando se rompió suavemente, devolviéndonos a la realidad del restaurante.
Volvimos a la mesa. Yo me sentía ligeramente agotada, con la respiración un poco agitada por la emoción y el movimiento. Sentía una fina capa de brillo sobre mi piel, producto del calor de los cuerpos y la intensidad del momento.
Apenas nos senta