El interior del coche de Damián olía a cuero nuevo y a su colonia, una mezcla de sándalo y cítricos que ya empezaba a asociar con la seguridad. Nos deslizábamos por la autopista con una suavidad casi irreal, aislados del ruido del tráfico y del mundo exterior por los cristales tintados. El motor ronroneaba bajo mis pies, una bestia potente y controlada, obedeciendo cada comando de las manos firmes que sujetaban el volante.
Miré hacia el tablero central. La pantalla de la tableta integrada brill