La orquesta pareció leer el ambiente cargado de electricidad y comenzó a tocar otra pieza, esta vez una balada más profunda, más íntima, que resonó en las paredes de piedra del salón.
Apenas había terminado de retocarme el labial y volver a la mesa con la cabeza alta como una reina victoriosa, cuando Damián se puso de pie de nuevo. No había rastro de cansancio en él, solo una energía vibrante que lo rodeaba como un aura.
—¿Me concedes esta pieza? —preguntó, extendiendo su mano de nuevo.
Yo asen