Me quedé observando la pantalla de mi móvil, analizando las grabaciones de seguridad de la estación de tren de Santa Catalina que mis hombres habían interceptado.
—Genial... ahora todos se pusieron de acuerdo para regresar —solté una queja cargada de veneno.
En el video, veía claramente a Damián y Santiago saliendo del vagón, moviéndose con una determinación que no me gustaba nada. Los vi tomar un taxi y desaparecer de la toma. Sin perder un segundo, alcé el teléfono de mi escritorio.
—Quiero a