—¡Por fiiiin llegamos! —exclamó Santiago, estirándose sobre el asiento con la cabeza apoyada en su almohada de cuello.
Yo también me senté recto cuando sentimos que el tren iba disminuyendo la velocidad. Miré hacia afuera; el sol era increíblemente fuerte, bañando los campos con una luz cegadora. Vaya... Había venido unas cuantas veces por negocios de mi abuelo, pero nunca me había detenido a ver lo hermoso que era Santa Catalina cuando se viene de visita.
Santiago se asomó a través de la venta